Crímenes múltiples en Tucumán: el misterio del guiso envenenado, cuatro muertes y un caso que quedó impune
Nora "La Pocha" Rivadeneira perdió a su esposo y a tres nietos por alimentos contaminados con parathion. Fue detenida, acusada de haberlos asesinado y llegó a juicio. Durante el debate surgieron pruebas que derrumbaron la acusación y las sospechas recayeron sobre otra persona. Ve…

Resumen para apurados
El 7 de enero se cumplieron 20 años de uno de los crímenes múltiples que mayor conmoción generaron en Tucumán. El caso tuvo varias particularidades que captaron la atención de la opinión pública. Dejó al descubierto la marginalidad rural de la provincia y las fallas en la investigación de hechos complejos. Un expediente que nunca pudo cerrarse. Una vez más, la impunidad terminó imponiéndose.
Nora Rivadeneira era una típica mujer de campo. A sus 64 años, se encargaba de administrar la pobreza del hogar para que pudieran subsistir su esposo, hijos, nietos y bisnietos. Sus brazos tenían esa fuerza característica de quienes amasan kilos y kilos de harina para producir el pan que luego vendían y así aportar dinero a la familia. Por problemas de salud que nunca fueron tratados a tiempo, normalmente tenía los pies hinchados y siempre respiraba agitada. La presión, esa enemiga invisible que la obligaba a guardar reposo, nunca le impidió cumplir con sus obligaciones. No sabía leer ni escribir, pero la necesidad y el hambre de su familia la habían transformado en una gran economista. En Villa Quinteros todos la conocían como "La Pocha".
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Ese día, la mujer cocinó para ocho personas, la mitad de las que normalmente alimentaba. Adultos y niños. Había preparado un guiso de pollo. De ese plato, elaborado con fideos secos y "puchero de pollo" (los restos de las aves), se alimentaron cinco personas y una porción quedó reservada para uno de sus hijos, que estaba trabajando en una quinta de limones de la zona. Ella no comió porque, según explicó, no se sentía bien, aunque sus vecinos sostenían que había preferido privarse del alimento para que alcanzara para todos. Su nieta, de 15 años, que estaba embarazada, sólo había comido dos huevos fritos. Su nuera, Rosa Carabajal, tenía cara de pocos amigos. Algo había sucedido con su suegro y la relación se había quebrado.
Carlos Ledesma, de un año y siete meses, se descompuso al poco tiempo de haber comido. "La Pocha" lo llevó al dispensario más cercano. Los médicos lo examinaron y decidieron trasladarlo al hospital de Concepción porque sufría un grave cuadro de intoxicación. Rivadeneira regresó a su casa para buscar ropa. Al llegar, se encontró con su esposo, José Florencio Herrera (64), y con sus nietos Nancy (9), María (12) y Héctor Vildoza (13), que presentaban signos de asfixia, convulsionaban y despedían espuma por la boca. Los afectados fueron trasladados en un automóvil y en una bicicleta para que recibieran atención médica. Todos murieron, salvo María, que fue derivada al Hospital de Niños, donde lograron salvarle la vida.
Los vecinos recordaron que, días antes de la tragedia, una avioneta había fumigado un cañaveral cercano a la casa de los Herrera. Otros sostenían que las muertes se habían producido porque la comida estaba en mal estado. Los investigadores no podían ofrecer ninguna respuesta. La fiscala de feria, Cecilia Tasquer, explicó que debían esperar dos semanas para obtener los resultados de los análisis bromatológicos y otros 15 días para contar con los estudios toxicológicos.
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En medio de tanto misterio había una certeza. "No tenemos nada que ver con el caso y queremos demostrarlo", afirmó Rosa de Medina, propietaria de la pollería donde se había comprado uno de los ingredientes de la comida que terminó con la vida de cuatro personas. "Desde el domingo no volvimos a vender nada", se lamentó.
Tasquer también informó que, mientras aguardaban los resultados de las pericias, avanzaban con otras líneas investigativas. "Por ejemplo, estamos reconstruyendo cómo transcurrieron los días previos hasta el momento en que la familia almorzó", explicó la fiscal. Calificó la situación como compleja y extraña, ya que no se sabía con exactitud cuál había sido el tóxico que contaminó la comida y mucho menos cómo había llegado a los alimentos.
"Es difícil establecer si se trató de un hecho intencional. Estamos hablando de una familia que, según pudimos comprobar por sus declaraciones y las de sus vecinos, no tenía conflictos en su entorno", señaló.
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El caso comenzó a esclarecerse en febrero, ya con Mónica García de Targa al frente de la investigación. Los estudios revelaron que la comida estaba en buen estado y que las víctimas habían fallecido tras ingerir alimentos contaminados con parathion, un veneno cuya comercialización estaba prohibida en el país. "No sé nada; no sé cómo sucedió esta desgracia. Yo simplemente cociné", declaró Rivadeneira. El 6 de marzo de 2006 fue detenida en su vivienda.
El operativo generó una fuerte conmoción. Sus familiares, entre gritos y llantos, juraban por su inocencia. Los vecinos que se habían acercado a la casa de los Herrera observaban con asombro el desarrollo del procedimiento. "Soy una mujer atormentada por lo que sucedió. Jamás anduve en estas cosas ni pensé pasar por esto en mi vida", dijo Rivadeneira antes de ser trasladada a un calabozo.
En octubre de 2008 se inició el juicio contra la única acusada. El fiscal de Cámara, Horacio Astorga, mantuvo la acusación que había formulado la fiscala García de Targa. Según la hipótesis acusatoria, doña Pocha había envenenado a sus familiares por vía oral, colocando el mortal veneno en la comida que preparó. El representante del Ministerio Público también puso particular énfasis en que la mujer tenía una personalidad esquizoide. Los defensores Raquel Ferreyra Asís y Sergio Faiad, como lo habían hecho durante toda la etapa de instrucción, plantearon su inocencia.
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Ellos tenían otra teoría del caso. Con la simpleza de una mujer de campo, Rivadeneira contó su verdad. "Fue Rosa Carabajal. A mi esposo ya lo había amenazado de muerte unos días antes, cuando la sorprendió en Arcadia con otro querer. 'Bien lo vea a mi hijo, le voy a contar lo que andás haciendo', le dijo José en ese momento. Ella le respondió: 'no creo que alcancés a abrir la boca porque antes vas a estar muerto'".
Carabajal era su nuera, la misma que no quiso comer la comida y que, según declaró Rivadeneira, estuvo en la cocina cuando ella preparaba el guiso mortal. Hubo varios careos para tratar de aportar algo de claridad. Pero no sirvieron de nada. Pasaban las audiencias y sólo surgían más dudas. Hasta se produjo una situación insólita.
Una testigo aportó indicios en contra de la nueva sospechosa. La mujer explicó que en el pueblo se comentaba que Carabajal le había pedido a un pariente que le consiguiera parathion para matar a un perro que le estaba generando problemas en su casa. Esa versión, según la testigo, habría quedado plasmada en una carta que supuestamente le dejó el hombre a su hija antes de quitarse la vida por la culpa que sintió al haberle facilitado la sustancia tóxica.
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Los jueces ordenaron a la Policía que buscara la misiva y localizara a la hija del pariente mencionado en el debate. El documento nunca apareció, pero la mujer sí se presentó a declarar. Graciela Juárez, pariente de la nueva sospechosa, señaló: "Mi padre murió en un accidente; no se suicidó. Lo atropelló un camión, no se tiró debajo de las ruedas del vehículo". También negó la existencia de una carta.
Al haber surgido tantas dudas durante el juicio, el tribunal resolvió que se realizaran dos nuevas medidas de prueba en pleno debate. La primera, comprobar si la ropa de la acusada tenía algún vestigio del poderoso veneno. La otra, realizar un nuevo informe psicológico de Rivadeneira. Los resultados fueron categóricos.
La ropa no tenía ningún tipo de vestigio de parathion y el especialista que realizó el informe testificó que, si la mujer hubiera llegado a tocar la sustancia, también debería haber fallecido. Los expertos en salud mental que la atendieron señalaron que doña Pocha, como se la conocía, no tenía ninguna patología y que su personalidad se ajustaba a la de una mujer sumisa y casi analfabeta.
El fiscal Astorga pidió que se absolviera a Rivadeneira por falta de pruebas y que se iniciara una investigación contra Carabajal como la posible autora del cuádruple homicidio. Los defensores Ferreyra Asís y Faiad adhirieron al planteo del representante del MPF, enumeraron cada una de las evidencias que favorecían a la acusada y lamentaron que no se hubiera profundizado la pesquisa para determinar quién había arrebatado la vida de cuatro personas. Los jueces absolvieron a la acusada por el beneficio de la duda y ordenaron abrir una causa contra su nuera.
Doña Pocha y sus familiares lloraron de emoción al escuchar la sentencia, pero, al mismo tiempo, buscaban no transmitirle demasiada alegría a la mujer que acababa de recuperar la libertad. En prisión, Rivadeneira sufrió un preinfarto y estuvo un mes internada en la terapia intensiva del Centro de Salud. Lograron compensarla y los médicos se sorprendieron al observar la evolución de la mujer. Muchos dijeron que no quería irse de este mundo sin que se supiera la verdad y hubiera justicia para su esposo y para los tres "angelitos", como ella los llamaba.
"Me siento feliz porque voy a volver a mi casita, a ver a mis hijos y nietos que me están esperando. Estaré con ellos y después tengo que hacer los trámites para recibir la pensión por mi esposo", dijo Rivadeneira después de haber salido caminando de tribunales. "Tiene que haber un culpable de esto. No puede ser que mi marido y mis nietitos estén ahora bajo tierra y no aparezca el autor", sostuvo.
Carabajal, que no estuvo presente en el momento de la sentencia, se mostró indignada por el fallo. Al día siguiente de la resolución, fue entrevistada por el periodista de LA GACETA Rodolfo Casen. "Para mí no está bien. Ella fue la única que estuvo en la casa. No entiendo por qué está libre, si ella cocinó el guiso", insistió una y otra vez.
El final de este caso es tan doloroso como llamativo. Rivadeneira no pudo disfrutar mucho de su casa y de su familia. Tampoco llegó a concluir los trámites para cobrar la pensión de su marido. Su corazón se paró para siempre cuando apenas había cumplido un año desde su absolución. Tampoco pudo hacer realidad su sueño de que se hiciera justicia por todos los que perdieron la vida ese fatídico día.
Carabajal, según cometan en Villa Quinteros, se marchó sin que nadie pudiera impedírselo, porque nunca se formalizó una acusación en su contra. El cuádruple crimen quedó impune para siempre.
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