Crítica de "Ink"
Jack O'Connell y Guy Pierce, en la piel del editor Larry Lamb y el magnate Rupert Murdoch, ponen cara y emoción a la forja de The Sun, el periódico que llevó el sensacionalismo de la prensa británica hasta límites insospechados.

Jack O'Connell y Guy Pierce, en la piel del editor Larry Lamb y el magnate Rupert Murdoch, ponen cara y emoción a la forja de The Sun, el periódico que llevó el sensacionalismo de la prensa británica hasta límites insospechados.
Por Manu YáñezPara Fotogramas
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'Ink, la nueva película de Danny Boyle –que inaugura la 83ª edición del Festival de Venecia–, arranca con un punzante cara a cara entre los actores Jack O'Connell y Guy Pierce, que dan vida al editor de periódicos Larry Lamb y al magnate de los medios Rupert Murdoch, responsables del auge del sensacionalismo en la prensa británica de la mano del periódico The Sun. En un momento de la charla, en la que Murdoch recluta a Lamb, el segundo se lanza a recitar la clásica perorata sobre las claves del ejercicio periodístico: el "qué", el "cómo", el "cuándo"… Pero cuando Murdoch le señala a Lamb que ha olvidado mencionar el "por qué", el periodista se jacta de su desprecio por la búsqueda de razones: "A veces, las mierdas simplemente pasan… Lo importante no es preguntarse por qué, sino pensar qué es lo que viene después". A través de esta batalla de ingenio dialogado –que podría haber escrito Aaron Sorkin, aunque está firmada por James Graham, que adapta su propia obra de teatro–, 'Ink' deja clara su preocupación por la devaluación de la ética en el ámbito de los medios de comunicación, una cuestión que agita nuestra era, la de la posverdad, con una violencia salvaje.
Combinando una mirada nostálgica y una genuina preocupación por la realidad contemporánea, Boyle convierte la primera mitad de 'Ink' en una enérgica montaña rusa que no deja de subir y subir a medida que se va forjando el equipo de periodistas de The Sun, quienes van trufando las páginas del "tabloide" con gruesas dosis de populismo: noticias sobre televisión y sucesos, espacio extra para los horóscopos y la meteorología, fotos de chicas en paños menores... En esta coyuntura, Boyle y el guionista-dramaturgo Graham toman la sabia decisión de no juzgar a sus personajes de un modo precipitado y tajante, lo que les permite confeccionar una obra indolente que se asienta sobre "la tentación de la irresponsabilidad", aquel principio que elevó las grandes comedias de Howard Hawks. 'Luna nueva' podría aparecer en el horizonte, pero Boyle, que siempre ha jugado a ser más scorsesiano que el propio Scorsese, parece tomar como referente principal el circo de excesos, impudicia y desfachatez de 'El lobo de Wall Street", trasladando la acción al mundo periodístico británico de finales de la década de 1960.
Hacía tiempo –quizá desde 2015, con 'Steve Jobs'– que Danny Boyle no encontraba un receptáculo idóneo para dotar de sentido y gravedad su estilo efervescente, propenso a una cierta inocuidad. En este caso, la combinación de primeros planos ladeados, planos generales frontales y el habitual montaje frenético logran representar con garbo la espiral de triunfo popular y debacle moral que recorren los personajes. La cámara orbita en torno a los actores y la edición hace filigranas mientras la banda sonora se llena de temazos de Tom Jones, Edwin Starr y Diana Ross & las Supremes, con su pegadizo 'Love Child'. Sin comerlo ni beberlo, el espectador se descubre atrapado en la tela de araña que construyen Lamb y Murdock, protagonistas de un relato faustiano en el que nunca queda claro quién es Fausto y quién el Diablo. En este duelo de figuras reprobables, Jack O'Connell opera como un torbellino de insolencia –su encarnación de Lamb hace pensar en el camino de Donald Trump de ser un niño rencoroso y acomplejado a convertirse en el rey del mundo–, mientras que Guy Pierce vuelve a exhibir su talento para componer personajes ambiguos, humanos en su palpable imperfección. Por último, la brillante primera línea del reparto se cierra con Claire Foy en la piel de Jules Davies, un personaje inventado por Graham para dar voz a las mujeres que, en The Sun, lucharon por dar peso a la mirada femenina desde el corazón de la masculinidad más tóxica.
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En la segunda mitad del film, Boyle activa el freno de mano para adoptar una perspectiva más meditativa y severa. En este giro, 'Ink' pierde algo de tracción, pero gana en significación. El desprecio de Lamb a la ética periodística tradicional se va volviendo más flagrante y toma forma una terrible certeza acerca de unos límites que se traspasan sin una posible vuelta atrás. En este sentido, 'Ink' deviene una espeluznante "origin story" para los tiempos actuales, en los que la chanza opaca a la reflexión, cuando el griterío se impone al criterio y al conocimiento, cuando las "fake news" y la viralidad devienen termómetros absolutos de una carrera sin norte. Para hablar de todo ello, Boyle busca alianzas en la zona noble de la historia del cine. Por momentos, la película se acerca a la cara más trágica de 'El gran carnaval' de Billy Wilder para hablar del precio que debe pagar toda una comunidad por la irresponsabilidad de un periodista. Incluso sería posible leer 'Ink' como el reverso tenebroso de 'El hombre que mató a Liberty Balance', la obra maestra en la que John Ford reflexionó sobre el valor de la verdad periodística en un momento de cambio de paradigma social. Pero mientras Ford retrataba la transformación del Oeste salvaje en un mundo más civilizado, Boyle perfila la caída de la ética periodística en un territorio comanche, un erial sin orden ni ley.
Para devotos de las fábulas morales cargadas de urgencia.
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