
Resumen para apurados
NOVELA
LAS GRATITUDES
DELPHINE DE VIGAN
(Anagrama - Buenos Aires)
Si no lo hicieron aún, lean Las gratitudes, de Delphine de Vigan (Francia, 1966), agarren pañuelos (algunos, tampoco tantos) y vayan al teatro Picadero (en Buenos Aires) para disfrutar de la versión teatral adaptada por Juan Tupac Soler y Federico Martínez. Demostración de cómo se puede llevar tan bien a los escenarios una novela tan sensible. ¿Cómo es posible que entre tanta pantalla, digitalización e IA, el teatro todavía pueda ir más allá y conmovernos tanto?
¿Cómo pueden Beatriz Spelzini (Michka), Antonia Bengoechea (Marie) y Javier Lorenzo (Jéròme) interpretar tan bien a los personajes de la historia de De Vigan? Una mujer mayor internada en un geriátrico que les da pelea a los olvidos, una joven allegada que la visita para que no le falte amor (y también para recibirlo) y un logopeda que con paciencia y optimismo ayuda a que la anciana recupere las palabras que le quita la afasia.
"Envejecer es aprender a perder", escribe De Vigan al comienzo de Las gratitudes. Entonces vemos a Marie contando la historia desde un escenario modesto: la cama y un par de muebles que son el geriátrico en el que transcurre todo. Salvo Michka, y como en la novela, Marie y Jéròme entran y salen. Nos recuerdan, ya desde el comienzo, el significado de una palabra tan pequeña como potente: gracias. "¿Nos hemos preguntado alguna vez cuántas veces en la vida hemos dado realmente las gracias?", irrumpe Marie, que a veces habla con Michka, a veces con Jéròme y casi siempre con el público.
En el libro se leen cosas que, por cuestiones obvias, no están en la adaptación teatral. Por ejemplo, las duras palabras sobre la relación con su padre que le suelta Jéròme a Michka: "A lo mejor simplemente porque no soy el hijo con el que soñó. Como si algo en mí le ofendiera. Me veo como un enemigo. Persigue la prueba, el defecto que lo confirma. Y responde a su manera. Pero las palabras duelen, ¿sabes?". Y después: "Los insultos, las ofensas, el sarcasmo, las críticas, los reproches dejan huella. Una huella imborrable. Y esa mirada que juzga, buscando el punto débil. Y las amenazas. Todo eso hace mella, ¿sabes? Luego cuesta recuperar la confianza en uno mismo. Volver a quererse. Mi padre ha sufrido. Mucho. Soy consciente de ello. Y el tiempo pasa, es verdad, tienes razón. Pero ¿se arreglarán las cosas algún día? No lo sé. No estoy seguro. Me gustaría creer que sí. Yo hace tiempo que lo perdoné. Pero ignora si algo más es posible. Algo parecido al cariño".
Con el correr de la obra, uno sabrá que Michka lo que busca, intuyendo que le queda poco tiempo de vida, es agradecer a la familia que la cobijó cuando sus padres debieron darla en adopción para salvarla de los campos de concentración. Al mismo tiempo, Jéròme -optimista irremediable- no sólo la ayuda con sus trabajos de recuperación en las palabras, sino que la incita a escribir. Pero hay más; porque también sabremos que él hará todo lo posible para que Michka pueda reencontrar a esa gente.
Al fin de cuentas, Las gratitudes es más que una historia sobre la importancia del agradecimiento y la palabra. Es una historia de tres personas que se eligen como familia.
Hay que leer a De Vigan. Hay que leerla porque mete el dedo en la llaga de los temas que muchas veces se evitan por temor. Lo hizo ahora con el paso del tiempo y la necesidad de la palabra no sólo para decir, sino para no atragantarse. Lo hizo con el suicidio, cuando escribió la genial, durísima, Nada se opone a la noche (Anagrama), en la que habla de la muerte de su madre. Novela que le valió el salto a la popularidad.
Hizo lo mismo con otro tabú: la anorexia. Se puede leer su primer libro, Días sin hambre, publicado en 2001 con el pseudónimo de Loy Delvig. Allí desmenuza los años de juventud en que padecía su relación con la alimentación.
Más de estos tiempos es la temática de Los reyes de la casa (Anagrama, 2022), en el que da cuenta del detrás de escena del mundo de las redes. Mezcla de policial y actualidad, la novela da mucho para pensar sobre las infancias. Como en Las lealtades, donde el protagonismo lo lleva un niño de 12 años que se aferra al alcohol para soportar los vaivenes de sus padres separados. Un padre sumido en una depresión y una madre cargada de odio por el abandono.
© LA GACETA
ALEJANDRO DUCHINI
Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) vive en París. Es autora, entre otros libros, de Días sin hambre, No y yo, Las horas subterráneas, Nada se opone a la noche, Las lealtades y Basada en hechos reales. Ha ganado los premios premio Renaudot, Prix des Libraires, Fnac, Elle y Goncourt.
Voces del expediente
- la-gaceta-literaria
- lean
- vean
- delphine
- vigan
- tucumán

